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miércoles, 2 de febrero de 2011

Reflexión - La fragancia de Dios


El que siembra escasamente, escasamente cosechará, y el que siembra en abundancia, en abundancia cosechará. 
2 Corintios 9:6

Una vez, el propietario de una gran hacienda le dio a su jardinero algunas rosas para que se las llevara de regalo a su esposa. Pero las flores nunca le llegaron a quien estaban destinadas, pues cuando iba en el autobús, se sentó junto a una viuda, quien le contó sobre su desolación. Sabiendo que su esposa entendería, el jardinero le dio las rosas a esa viuda solitaria, alegrándole así el día.
La viuda, por su parte, tampoco llegó a su casa con las rosas. Cuando estaba en la tienda haciendo compras, se encontró con una pequeña niña que lloraba porque su mamá estaba muy enferma. “Toma”, le dijo la viuda, dándole las flores. “Dáselas a tu mamá, y dile que voy a rezar por ella”.
Contenta y agradecida, la niña marchó a su casa con las flores para su mamá. Las rosas animaron a la enferma quien, contemplándolas desde su cama, pensaba: “Son demasiado bellas para no compartirlas”. Al día siguiente, cuando su pastor fue a visitarla, le dijo: “Quisiera que lleve estas flores a la iglesia”.
El pastor las colocó en el santuario, donde la congregación entera las podría ver y disfrutar. Después del servicio de adoración, el pastor repartió las rosas entre los presentes. La belleza de las flores fue apreciada una vez más antes que se marchitaran.
Como dice un poema: “Las flores dejan su fragancia en las manos de quien las da”. Cada buena acción, cada gentileza, cada acto de amor brota de un corazón lleno de fe –un corazón tocado por la abundancia que el Señor ha otorgado libremente—tiene la capacidad de bendecir al que da y multiplicar el regalo.
Lo mismo sucede con el amor de Dios. La obra redentora de Jesús en la cruz nos llega a través de la palabra de Dios. Por el poder santificante del Espíritu Santo, somos hechos limpios de mancha y aceptables a Dios a través de la fe en la salvación que Cristo ha ganado para nosotros.
La fragancia de Dios, el perfecto sacrificio de su Hijo, es ofrecida a todos y es gratis. Compártala cada vez que se le presente una oportunidad.
ORACIÓN: Padre celestial, te doy gracias por tu amor. Ayúdame hoy y siempre a tener el coraje para compartir esta verdad. En el nombre de Jesús. Amén.


Fuente: Cristianos.Com

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